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miércoles, diciembre 21, 2005

Las horas de cárcel

El día 29 de septiembre, día jueves en Temuco, marchamos desde la UFRO hasta la Intendencia Regional en Temuco, en apoyo a los peñis del Hogar de estudiantes Mapuches de las Encinas en Temuco. La situación es su inevitable desalojo de las dependencias de la calle las encinas, con un tenor de fondo donde el gobierno regionales niega a ofrecer una solución que satisfaga la causa del pueblo Mapuche, cerrando los canales de dialogo y negociación entre los actores.

Lo que sucedió al llegar fue cotidiano: una protesta masiva frente a la intendencia, un discurso de un dirigente del Hogar, un discurso de un padre de uno de los estudiantes del hogar, la colocación de un efigie de Ricardo Celis frente a la intendencia, el desconcierto colectivo, y el intento de toma de la intendencia.

Con el intento de toma aparecen fuerzas especiales de carabineros desde la intendencia, el guanaco, el zorrillo y la micro, para desbaratar el intento de toma. Con esto surge el agua, la represión, los trancos largos para fragmentarse y perderse en la multitud de la plaza. Yo no quise arrancar... no tenía por que.

Me quedé junto al banco estado, justo en esa esquina, conversando con un amigo y compañero, Miguel Fernández, de la Radio Nuevo Mundo. Sostenía un lienzo que hacía alusión a las reivindicación de los estudiantes del Hogar Mapuche. Ahí fue cuando por sorpresa me tomaron 3 pacos desde atrás. Me di vuelta a uno, lo tire contra un quiosco, pero luego llegaron 2 más y me llevaron hasta la micro, para luego llegar a la 2ª Comisaría de Temuco. Yo no hacía nada, no tenía ninguna pizca de maldad en el cuerpo.

Lo que pasó es que de ahí quedó la caga. Se lanzaron piedras a destajo contra los pacos y la intendencia. Fue una guerra campal en medio del centro de la ciudad. Fue mala la estrategia de elegir a un pelagato cualquiera para justificar su accionar represivo.

Estuve imputado, 6 horas de cana, divagando sobre la injusticia de la vida, recordando la historia de Juan Maltiempo y el latifundio en esplendor, recordé tantas cosas, pero pensaba en mi hija, en lo que diría, lo que pensaría luego de que se diera cuenta que tipo de padre era el que le había encomendado la vida. Y me fui pensando.

Pensaba que mis derechos a manifestarme habían sido violados, que no se podía culpar a un inocente, en lo selectivo que pudo haber sido el proceso, en las miles de apremiantes que me llevaron a ser tan orgulloso y decido al no moverme de lugar frente a la represión. Así reaccione: como lo que era, y que soy, con la justicia en la mente y el corazón.

Que fácil era para los pacos tomar a alguien preso. No importa si es culpable, inocente, erudito, ladrón, estafador, etc. Eso lo determinan la justicia. Y si alguien se da la paja de llegar a las últimas consecuencias para determinar su inocencia, y la falta de responsabilidad de carabineros al elegir a sus víctimas, lo más seguro es que no se encontraría sanción para la institución ni para los que me detuvieron por desorden público. ¿Qué mierda es eso? Pensaba y pensaba, y veía como las cárceles se llenaban de inocentes, que eran considerados culpables desde su detención. ¿Quién me devolvería esas 6 horas de mi vida? Nadie, y eso me molestaba aún más. Por lo que decidí pensar más aún.

Vi como llegaban a visitarme, peñis, lamienes, dirigentes, a darme apoyo, un pequeño dedo entre las rejas como intento de devolución de la vitalidad que creían extraviada en mi persona. Yo seguía ahí, fuerte como una piedra, no demostraba nada a mis guardias, a los vigilantes del imputado, del joven loco que se decía a gritar dignidad. Me llevaron comida, jugo, y un suspiro de ánimo, de combatividad, de cuerpo y alma (si queremos llamarla así) Mapuche.

Seguí pensando, mientras leía un libro que me dejaron pasar a la celda. Vi como esa pirámide del gobierno no se desmorona tan fácilmente, como es necesario apedrearla con los puños en sangre, como las cosas no cambian por sí solas, como los gobernantes se ríen de los gobernados con un puñado de obreros dedicados a reprimir a su propia sangre, a sus propios hijos. Vi muchas más cosas, aún más terroríficas. Compañeros de injusticia que caían a mi lado, que llegaban en puñado, sin importar su edad, color, clase, ni dolor. Llegaban y les costaba irse, algunos incluso se quedaron a suplir mi espacio en el silencio del aislamiento.

Aguanté. Con los peñis en huelga de hambre en la cabeza, con Gramsci como ejemplo, con mi hija en mi corazón, y con la ayuda del cabo Salinas. Había bastante gente afuera de la 2ª, eso por lo que contaban los mismos pacos. Quería que se fueran, que no se preocuparán, que yo estaba bien, que estaba con los ojos en el techo de mi celda pensando ¿Qué hacer? Y ¿Dónde estoy? ¿Me merezco estar aquí, o mejor dicho por qué estoy aquí? Soy un mal para la sociedad!! Al parecer los que decimos lo que pensamos, y hacemos lo que decimos somos serios problemas para la jerarquía de poderes, para los que comen en tiestos de oro, y se limpian la boca con las servilletas del poder. Estaba en el lugar adecuado para mi anomalía en ésta sociedad, un lugar donde no provocaría disturbios, donde no incitaría al demonio a correr por las venas del pueblo, sino que me ahogaría con el odio a mi mismo provocado por la soledad que el rico conoce. Pues no!! Mi soledad me habló de la vida, y yo le hablé de mí.

Conversamos bastantes, y deje de pensar. Eran las 8 y debía partir. Dejé lo que me quedó de alimentación a quienes debían pasar la noche en la detención y firme mi salida, y escape.
Eso es lo que los presos sin jaulas conocen, libertad. Libertad de volver a ser estúpido y no volver pensar.

Trataré de seguir pensando, porque seis horas son pocas para pensar, y dos hojas son poco para explicar los pensamientos que corrieron entre esas 4 paredes.

30 de septiembre de 2005

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